lunes, 8 de marzo de 2010

contrato social de Rosseau

1 - El Contrato social
El comienzo de esta obra dividida en cuatro libros en lo que se refiere a su estructura, ofrece una exposición muy clara de la forma en que Rousseau pretende compaginar elementos ideales y reales, morales y psicológicos. Trata de considerar “a los hombres tal y como son” y a “las leyes como debieran ser”, y de compaginar lo que “permite el derecho” con lo que “prescribe de interés”; las cuestiones de la justicia y del derecho deben unirse a las exigencias del interés y la utilidad.
Esto último significa que Rousseau no entiende por “los hombres tal y como son” los seres corrompidos de la sociedad contemporánea, sino a los hombres tal y como son en su ser original. Su concepción de la política coincide así con su actitud hacia el desarrollo del individuo.
Según considera Rousseau, si el individuo desea verse protegido por la fuerza conjunta de toda la comunidad, él, a su vez, debe estar dispuesto a ceder totalmente su propio poder: “Cada uno de nosotros entrega su persona y todo su poder a la suprema dirección de la voluntad general; como un cuerpo, recibimos a cada miembro como parte indivisible de la totalidad” (CS, I, 6.
La estructura política de cualquier comunidad depende de muchos factores: la extensión del territorio y la población, la fertilidad del terreno y las tradiciones y las costumbres específicas. Respecto a la monarquía, Rousseau dice cosas bastante duras, puesto que cree que “los reyes quieren ser absolutos” (CS III.6). Siempre quieren aspirar a ejercer su propio poder a expensas de sus súbditos e incluso en este caso, a pesar de todas sus limitaciones, la monarquía parece ser la única forma de gobierno adecuada para los grandes Estados. Sin embargo, en opinión de Rousseau, poco se puede ayudar a tales Estados, ya que los considera en vías de perdición.
Más original que el análisis de Rousseau sobre los mecanismos de gobierno es su planteamiento sobre las actitudes políticas, y de su relación con la sociedad en su conjunto. Reconoce abiertamente la influencia poderosa que ejercen la pasión y los sentimientos sobre la lealtad política, y esto explica hasta cierto punto la corriente de pesimismo que se manifiesta en su pensamiento político y Rousseau sabe que el interés egoísta siempre está dispuesto a militar contra cualquier forma de idealismo.
Si Rousseau utiliza con frecuencia las analogías matemáticas y mecanicistas para describir su ciencia del gobierno, todavía hace mayor uso de las imágenes biológicas para describir la vida y la muerte del Estado. Es imposible - afirma - legislar para la eternidad, ya que incluso las mejores constituciones están condenadas al perecer, y en última instancia el principio de decadencia y corrupción destruye a todos los Estados. El cuerpo político, según Rousseau, empieza a perecer desde el mismo momento de su gestación, y encierra el germen de su propia destrucción.
Rousseau aspira a que le ciudadano dependa del Estado, de forma que no sólo quede libre de la dependencia de otros hombres, sino que también se le impida asociarse con éstos con un propósito anti - social.
A pesar de que “el Contrato social” no tomaba ningún modelo a Ginebra, Rousseau estaba probablemente justificado al mantener que “estaba escrito para Ginebra y para pequeños Estados como éste” (I), porque sus ideas sólo podían tener la esperanza de encontrar expresión real en ellos.
El naturalismo, que reduce el derecho a la fuerza, que proclama el derecho del más fuerte, es rechazado en el capítulo 3 del libro primero del Contrato social: “ El más fuerte no es nunca lo bastante fuerte para ser siempre el amo, si no transforma su fuerza en derecho y la obediencia en deber”. La fuerza no es constante, cambia de manos sin cesar; no sólo no puede servir de fundamento al derecho, ser su justificación sino que ni siquiera puede dar cuenta de la existencia de un derecho positivo, explicar el hecho de un orden social permanente.
La declaración que se lee al comienzo del capítulo cuarto constituye una articulación en la argumentación del primer libro del Contrato Social. Parece colocar definitivamente a Rousseau en el campo de los teóricos del contrato, frente a los del campo del derecho natural. Pero esta oposición no es tan radical como se le pudiera suponer ya que no basta, en efecto, una convención, un acuerdo establecido, para fundar el derecho; es necesario además, que esta convención sea justa, es decir, conforme al derecho natural.
Evidentemente, este contrato social no es un hecho histórico, no se le podría asignar une fecha en la historia. Rousseau así lo reconoce expresamente: “ Las cláusulas de este contrato tal vez no hayan sido enunciadas jamás” (Contrato social, Lib. I, Cap I). Su tesis sobre los orígenes del Estado no tiene, pues, ni puede tener, más que el alcance de una construcción lógica y significa que el Estado se funda racionalmente sobre un acuerdo implícito de voluntades entre sus miembros.
La relación entre la potestad legislativa y la potestad ejecutiva, dice, es idéntica a la que existe entre la voluntad o potestad moral que determina un acto y la fuerza o potestad física que lo ejecuta. El gobierno quedará estrictamente subordinado al soberano , “del cual no es más que el ministro”. Así pues Rousseau define al gobierno como “ un cuerpo intermedio establecido entre los súbditos y el soberano”. Todo esto viene a significar que no existe en el Estado sino un solo poder digno de ese nombre, el poder legislativo o soberanía.
La tesis de Rousseau deriva directamente de las ideas emitidas por él acerca del fundamento mismo de la soberanía. Procede del concepto de que la soberanía, lo mismo que la sociedad y el Estado, tiene su origen en un contrato. En efecto, el objeto del contrato social no es tan solo producir “un cuerpo moral y colectivo”, sino también, superior a los individuos.
“Sólo existe - dice - una ley que, por su naturaleza, exija un consentimiento unánime: es el pacto social. Fuera de ese contrato primitivo, la voz del mayor número obliga siempre a los demás; es una consecuencia del contrato mismo” (Contrato social, Libro IV, Cap II). Rousseau quiere decir con esto que es en virtud de las estipulaciones mismas del pacto social por lo que la minoría se halla subordinada a la mayoría.
Por razón misma de este consentimiento otorgado previamente, la voluntad general, por más que haya sido determinada por un cálculo de mayoría, contiene en sí la voluntad de todos, de modo que puede decirse que, al obedecerla, cada cual sólo se obedece, en suma, a sí mismo y de este modo se mantiene la libertad del ciudadano dentro del Estado.
En principio, Rousseau niega absolutamente toda posibilidad de representación política y declara al régimen representativo incompatible con la soberanía popular. Rousseau es en esto perfectamente lógico con su doctrina de la soberanía ya que según esta doctrina, en efecto, la soberanía halla su consistencia en la voluntad general del pueblo.
Rousseau saca la conclusión de que el pueblo no podría transmitir ni delegar su soberanía. Nadie, incluso elegido por el pueblo, podría pretender expresar la voluntad general por representación del pueblo, es decir, en su lugar y sitio. Esta absoluta exclusión del régimen representativo es una de las características más salientes de la doctrina del Contrato Social.
Sin embargo, después de haber negado, en principio, la posibilidad del régimen representativo, Rousseau no tiene más remedio que reconocer que de hecho el gobierno directo por el pueblo sólo es practicable en pequeños Estados como los que había en la Antigüedad. En los grandes Estados modernos es manifiestamente imposible reunir continuamente a todos los ciudadanos y hacer que el pueblo mismo ejerza íntegramente su soberanía.
Es forzoso, pues, poner el ejercicio de la potestad pública, y particularmente de la potestad legislativa, en manos de órganos especiales y titulados, especialmente de una asamblea de delegados elegidos por los ciudadanos; por lo tanto, el pueblo tendrá que nombrar sus representantes y en otros términos, el régimen representativo, según Rousseau, no tiene más fundamento y justificación que una necesidad de orden puramente material.
Así, la soberanía individual (si se contiene en cada uno de los individuos que forman el pueblo) resulta que todo ciudadano debe considerarse como teniendo el derecho absoluto de ejercer, en forma de voto, su parte viril de poder soberano. Por idénticas razones, Rousseau sostiene que la voluntad general, con la cual, según su doctrina, se confunde la soberanía, tiene su consistencia en las voluntades individuales y sólo puede obtenerse por la enumeración o adición de estas últimas.
La conclusión que se deduce de todos estos razonamientos es que el derecho de sufragio, para todos los ciudadanos indistintamente, es un derecho que tiene su fundamento en la misma definición de la soberanía, un derecho en fin cuyo goce no puede quedar subordinado a ninguna condición restrictiva de cualquier naturaleza que ésta sea. Esto es, por lo demás, lo que el mismo Rousseau tiene buen cuidado de declarar: “El derecho de votar, dice, es un derecho que nada puede quitar a los ciudadanos” (Contrato Social, Lib. IV, Cap I).
2 - Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los Hombres
El pensamiento de Rousseau a pesar de ser marcadamente critico del primer Discurso, en este segundo ya está dominado por una antítesis fundamental: la antítesis entre la naturaleza “original” del hombre y la corrupción de la sociedad moderna. De forma similar, la libertad del verdadero ser humano se encuentra contrastada con su actual esclavitud.
La idea esencial de Rousseau durante su discurso es el estado de naturaleza que era corriente entre muchos penadores anteriores al propio Rousseau, y especialmente en los de la Escuela del Derecho Natural, como Grocio y Pufendorf. Aunque algunos predecesores habían atribuido a esta noción un status histórico, en tiempos de nuestro filósofo su función hipotética era de aceptación general, y como aclara el prefacio de Rousseau, su objetivo principal era esclarecer la naturaleza del hombre antes de su entrada en la vida social.
El objetivo principal de la parte segunda del Discurso sobre la desigualdad es demostrar cómo se produjo está desigualdad. Rousseau señala que el hombre no pasó repentinamente del estado de la naturaleza a la vida civil. La sociedad política es el resultado de un largo proceso histórico. Sin duda, algún fenómeno físico inesperado fue responsable del alejamiento inicial de la naturaleza, ya que Rousseau no cree que los hombres abandonaran voluntariamente una condición que les producía tanta felicidad y paz.
Por otro lado, aunque fue necesaria una causa externa para que se produjera el cambio, ésta habría sido insuficiente sin la ayuda de ciertas potencialidades innatas, presentes en embrión en el hombre desde un primer momento. Fueron estas potencialidades las que le permitieron superar su condición primitiva. Ya en este discurso, Rousseau había llamado la atención sobre la importancia de la “compasión natural”, y “el primer sentimiento relativo que afecta al corazón humano según el orden de la naturaleza” (IV). La compasión natural es el único sentimiento que empuja el hombre natural hacia otros seres.
La cuestión planteada en el Discurso: “¿ Cuál es el origen de la desigualdad entre los hombres, y si está autorizada por la ley natural?”, se presenta como una cuestión de historia y de derecho. Pero Rousseau muestra en su prefacio la necesidad de ampliarla, y para entender si la desigualdad es algo o no conforme a la ley natural, de elucidar la noción de naturaleza, considerando en particular la naturaleza humana. Vemos, pues, cómo una cuestión moral y política lleva a una investigación general acerca del hombre y Rousseau elabora en su Discurso una concepción general del hombre que servirá de base a toda su filosofía.
“Los filósofos - dice - que han examinado los fundamentos de la sociedad han sentido todos la necesidad de remontar hasta el estado de naturaleza, pero ninguno lo ha conseguido”. En efecto, el hombre natural es muy difícil de aprehender; no le encontramos en nuestro alrededor, en la sociedad en que vivimos, pero tampoco se entrega a la observación etnográfica: los llamados pueblos primitivos o salvajes nos presentan al hombre insertado ya en la vida social. La historia se funda en documentos escritos que presuponen una vida social.
El estado de la naturaleza es una hipótesis destinada a hacernos comprender el hombre actual, el hombre social, y no a representarnos los orígenes históricos de la humanidad. El hombre natural prescinde de la ayuda de sus semejantes y en este sentido, no puede afirmarse con Aristóteles que el hombre es un ser naturalmente social.
Estos primeros hombres primitivos “no mantenían ningún comercio entre ellos, ni conocían, por tanto, la vanidad, ni el respeto, ni la estima, ni el desprecio; como no tenían la menor noción de lo tuyo y lo mío, ni ninguna verdadera idea de la justicia...” (Discurso, I parte).
La guerra no es posible más que entre los que tienen que salvar su pundonor y defender sus bienes. Supone, pues, el prestigio social y la propiedad, cosas que no existen en el estado de la naturaleza.
El hombre natural es libre, inocente y feliz. Feliz, porque “sus deseos no superan sus necesidades físicas”. Por eso, no tiene ambición ni siente inquietud, carece, además, “de previsión y curiosidad” (Discurso, Parte I), y cómo no tiene comunicación con sus semejantes, carece aún de lenguaje, siendo, por eso mismo, incapaz de razonamiento y progreso.
La sociedad es necesaria al desarrollo de la razón humana: es éste un punto capital de la filosofía de Rousseau que se olvida con demasiada frecuencia. El hombre no es social por naturaleza, esto quiere decir que no está preadaptado a la vida social y es necesaria al desarrollo de sus facultades, al progreso y a la plena expansión de su naturaleza. Como dice el propio Rousseau, si el hombre no es “sociable por naturaleza”, al menos, “está hecho para llegar a serlo”.
Para Rousseau no hay libertad sin riesgo de error y de caída. Rehusar la aventura social sería para el hombre, llamado a una condición superior a la del ángel, preferir el estado de un animal. Pues el hombre natural, mientras no ejerce las facultades que posee en potencia (cosa que no puede hacer más que en la sociedad), no se levanta por encima de éste. Su libertad está sometida al instinto, su inocencia es incapacidad de dañar, su bondad simple impulso de la naturaleza, su felicidad satisfacción de animal repleto.
En su espíritu no hay más que “torpeza y...estupidez”, y en su conducta no se ve ni elección madurada, ni valor moral. “los hombres de este estado, no teniendo ninguna relación moral ni deberes conocidos, no podían ser buenos ni malos, ni tenían vicios ni virtudes”. La calificación moral de la conducta sólo es posible en la vida social: el hombre, una vez que ha entrado en relación seguida con sus semejantes, ya no se guía por el instinto, ya es capaz de hacer el bien y le mal.
III - CONCLUSIÓN
Rousseau en el “Contrato Social” va a averiguar si la sociedad puede ser organizada de tal modo que las exigencias sociales no contraríen la naturaleza, que la ley no sea un obstáculo para la libertad ni para los intereses del individuo, que el derecho no se oponga a la naturaleza, la justicia a la utilidad.
El objeto del “Contrato Social” no es descubrir el origen de la sociedad, sino buscar su justificación, lo que legitima el orden social. No es una investigación histórica, sino una teoría política y la obra lleva de hecho el subtítulo: Principios del Derecho político.
De todas las obras de Rousseau, el “Contrato Social” es la más largamente madurada y más sobriamente escrita: el estilo es apropiado al racionalismo que caracteriza su pensamiento. La pasión, que en otros escritos se expresa en forma de efusión lírica o en movimientos oratorios, no se transparenta más que bajo el velo de la ironía.
Las cuestiones que en él se estudian preocupaban desde hace tiempo ya a Rousseau, que había concebido desde la época en que fue secretario de Embajada en Venecia, en 1743, el proyecto de un gran trabajo de las “Instituciones políticas”, pero tales preocupaciones pasaron primero al “Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los Hombres”.
Por muchas que sean sus imperfecciones, la doctrina de Rousseau demostró, desde su aparición, una gran fuerza de difusión. Respondía a las aspiraciones hacia la libertad y a las tendencias igualitarias de los hombres de aquella época y fue acogida con ansia por ellos. Desde la Revolución, continuo ejerciendo una gran influencia en las ideas políticas del pueblo francés. Este no conoció nunca las explicaciones confusas o paradójicas de dicha doctrina, sino que sólo retuvo sus fórmulas simples, y precisamente por ello, lo que hizo la fuerza de esta teoría cerca de las masas fue su apariencia de gran simplicidad al mismo tiempo que de estricta lógica.
Rousseau no se satisfizo criticando los males existentes y el “Contrato Social” es la prueba viviente de la seriedad de sus esfuerzos para encontrar soluciones válidas. Su principal tarea consistió en analizar la naturaleza del hombre y su puesto en “el orden de cosas”; Rousseau no dudó en denominarse “el retratista de la Naturaleza” y el “historiador del corazón humano”. Sus ideas constructivas se basaban en un presupuesto compartido por la mayoría de sus contemporáneos que es la existencia de una naturaleza humana universal, de una esencia específica del hombre.

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